Este artículo va dirigido para aquellas personas que alguna vez han sentido culpabilidad por haberse dejado traicionar. Es común, de hecho, recriminarse el no haberse percatado de una traición, pero la verdad es que, en realidad, la gran mayoría de las veces, pudimos haberlo previsto. Cuando estamos muy enamorados, solemos taparnos los ojos y hacer oído sordo a las advertencias, pues nos sentimos incapaces de imaginar un mundo donde esas personas jueguen con nuestras emociones.
Este mal habito de echar la culpa a nosotros mismos, es una manera de hacer que el acto de la otra persona, disminuya su importancia. Inconscientemente, estamos “ablandando” la responsabilidad de aquel que nos traiciona.
Cuando somos víctimas de un acto de traición, sentimos un profundo mal dentro de nuestro pecho, el cual nos hace dudar sobre la bondad de nuestras propias acciones. “¿En qué me equivoqué? ¿Qué hice mal? ¿Acaso no merezco que me quiera?” Esas son preguntas típicas que surgen al momento de sentirnos abatidos, pero ¿Qué es lo que provoca esta sensación de culpabilidad?
La falta de reconocimiento de nuestra propia dignidad, hace que asumir la culpa por los errores de otras personas, sea mucho más fácil. Es un acto de “sacrificio”, pero el tema es que amar no se contempla bajo la tutela del “sacrificarse”, sino de alcanzar la paz y la tranquilidad al lado de otra persona.
Por ello, nunca te lamentes por los errores de los demás, cada uno es responsable de sus propias acciones, pues, incluso cuando amamos intensamente, debemos ser partidarios de la razón, debemos querer con inteligencia y hacernos responsables por las cosas que hacemos y decidimos. El amor, no resta responsabilidad a las cosas que hacemos, de hecho, las suma, porque cada cosa que hagamos puede tener un impacto directo sobre la persona que nos acompaña.