Aún te veo en espacios vacíos, así, como un fantasma que me perturba la paz y que reclama atención.
Aún tengo un poco de ese olor tuyo, tan peculiar y que me recuerda a tu nombre, entre las sábanas y las almohadas.
Aún te escucho en la memoria, susurrando cuan felices íbamos a ser y señalando hacia el futuro como nuestro mayor objetivo.
Aún me duele tu ausencia, aunque la verdad, ya no haces falta.

Porque aprendí que, aunque le extrañemos con el alma no significa que queramos que ese alguien vuelva. Y porque entendí que los corazones más necios suelen aferrarse a las cosas del pasado y que por ello el mío ya no late sin mi permiso.
Aprendí como controlar la añoranza, pero aún me falta controlar el dolor. Supongo que, con el tiempo, mientras más control tenga sobre aquellas cosas que ya no tengo en mi vida, más fácil se me harán olvidarlas.
Porque cuando aceptamos que algunas cosas hacen más bien estando afuera que adentro, y que el pasado ya no existe en otro lugar que la memoria, podemos interponer nuestro amor propio sobre el “extrañar” cosas que no aportan ningún bien a nuestro presente.
Debemos querernos lo suficiente como para superar esos amores que ya no tienen vida y darnos tiempo para ver a las nuevas oportunidades que se presentan. Debemos querernos como si de eso dependiese nuestra verdadera felicidad, porque es así… Solo en el profundo respeto hacia nuestra dignidad, podemos hallar la manera correcta de que los nombres del pasado sean solo un suspiro en el viento, y no una estaca en el corazón.