En un momento de suma ira y decepción, el “vete y no vuelvas más” sale de la boca sin ser procesado por la mente. No es hasta días después de decir adiós, que vemos lo realmente difícil que es no volver. Dar vuelta atrás supone un atentado contra nuestra dignidad o una enorme fuerza para poder dar una segunda oportunidad tanto a nosotros, como a nuestra expareja.
No digas adiós hasta que estés plenamente seguro de que quieres irte, porque una vez que lo hagas quizá no puedas volver por mucho que lo desees. La dificultad de las rupturas radica en ello, que lo difícil no está en decir adiós sino en NO volver, porque volver está lleno de dudas y de probabilidades, de incertidumbres y de posibles “no funcionará”.
Uno siempre anhela volver a los lugares donde fuimos felices, por mal que hayan terminado las cosas y por muchos errores que se hayan cometido… Si hubo felicidad, si hubo amor real, uno siempre buscará darle la vuelta a la consciencia para convencernos de no volver, porque se crea una disputa entre el recuperar lo que una vez fue o volver con quien nos lastimó.
Es ahí donde la seguridad para decir adiós, debe ser total y no guiada por la ira o un momento de debilidad, tristeza u otra emoción negativa. Solo digamos adiós cuando tengamos la mente clara y nos hayamos asegurado de que las cosas no tienen ningún reparo, del resto, procura intentarlo hasta que el corazón no dé para más.