Sin trucos ni magias.
Sin ninguna mentira en ese breve instante.
Fue real, así como breve.
Fue honesto, así como impactante.
Un momento que duró menos que un pensamiento fugaz, pero que fue clave para que dos almas se uniesen y se acoplasen tan fuertemente la una a la otra, que ni siquiera las desventuras más viles podrían derrumbar el amor que nació de un cruce de miradas.
No fue un momento en específico, ni nada especial el lugar. En medio de la calle, a la espera de un bus o saliendo del metro, pudo haber pasado, y el efecto hubiese sido el mismo. Dos miradas coincidieron en un momento perfecto y eso bastó para que el corazón diera un vuelco y quisiera sentir todo tipo de experiencias dentro de sí.
Llámalo amor a primera vista o simple “química”, pero cuando dos personas se ven y se sostiene la mirada, algo sucede. Algo dentro de ti cambia y se remueve en tus entrañas como puñales que entran y salen pero que causan placer en vez de dolor.
Así es eso, tan mágico pero sin trucos que a veces es difícil de creer. Desconfiamos de esa sensación de mariposas en el estómago y creemos que es solo una vil mentira y pantomima de las emociones. Creemos que, de dejarnos llevar por ella, llegaremos a un inevitable pozo donde el dolor es el pan de cada día.
Pero, de eso se trata el amar. No de sufrir, sino de tentar a la suerte, arriesgarse y hacer lo posible porque las cosas siempre vayan para mejor. Por ello, si te has enamorado tendrás dos opciones. O corres o amas. Pero si corres, quizá te arrepientas de no haberlo intentado, pero si amas, no llores si no funciona, sonríe porque sucedió.