En la vida, tenemos que saber escoger nuestras batallas. No podemos pelearlas todas y si elegimos mal, posiblemente perdamos más de lo que ganemos. Debemos aprender a que algunas guerras, están hechas para aprender a pesar de haberse perdido, que no somos perfectos y que la derrota es un hecho inminente que debemos aceptar para que aprendamos a escoger mejor a medida que nos equivocamos.
Las batallas más importantes se libran al lado de la persona que no te abandona y que a través de sus acciones te hace sentir que no luchas contra él, sino que esa persona se vuelve tu aliada más confiable para enfrentarte a los retos que te plantee la vida.
Uno debe saber escoger sus batallas en la medida que, si estamos luchando contra quien debería ser nuestro aliado, siempre vamos a perder algo, siempre regresaremos incompletos y siempre nos dejará una secuela.
Peleemos porque el amor prevalezca sobre nuestro orgullo, porque nuestra piedad prevalezca sobre nuestra ira, y porque nuestra tolerancia prevalezca sobre nuestro deseo de claudicar. Peleemos por esos amores verdaderos, que demuestran que nos quieren y que no temen a demandar un gesto de cariño porque saben que la sensibilidad no está peleada con el orgullo. Peleemos, siempre que hayamos decidido bien la batalla y que tengamos plena seguridad de que ganaremos aún cuando podamos perder.