Cuando alguien decide irse luego de lastimarte, y, en especial cuando se van sin que nosotros lo hayamos echado de nuestra vida pues alguna parte de nuestro corazón se aferra a lo que esa persona fue alguna vez en el pasado, es normal que haya cierta incomodidad en dicha decisión, al menos en el inicio.
Esto ocurre porque nuestra integridad se ve alterada por la separación de alguien con quien nos habíamos sentido conforme, incluso cuando nos hizo daño. Esta conformidad es parte de una mal formación del concepto de amar y de falta de dignidad, auto-respeto y amor propio. Cuando existe dicho vacío dentro de nosotros, es difícil darnos cuenta de que a veces lo que queremos, no es lo que nos conviene, y terminamos aferrándonos a personas que en realidad hacen mucho más mal que bien dentro de nuestra vida.
Lo que solemos hacer es que nos torturamos intentando averiguar más sobre su vida, indagando sobre esa persona y tratando de recolectar algo de información que nos de alguna pista de que aún puede sentir algo por nosotros. La vida, en este punto, se vuelve triste y patética y una total pérdida de tiempo.
Debemos empezar a invertir ese tiempo perdido en nosotros mismos. Darnos atención para recuperar la dignidad y con esa fuerza que agarremos, poder decir adiós al pasado de una vez por toda. La sensación de liberación no llegará hasta que nosotros aceptemos que algunas personas están mejor lejos que cerca y que tu vida no depende de su ausencia o presencia.
Resulta saludable dejar de indagar en la vida de aquel que te lastimó y ponerte a indagar mejor en la mejor forma para amarte a ti misma. Recuerda que, mientras tú buscas entre los escombros aquello que ya no existe, esa persona ya no se preocupa por echar un vistazo atrás.