Si has perdido a un ser amado, conocerás lo que es sentir que se te acaba el mundo. El dolor es incomparable y merma todas las fuerzas y ánimos de seguir adelante con la idea de que ya esa persona no estará para ver tus éxitos y ayudarte a levantarte en tus fracasos.
No solo se pierde a alguien. La muerte de un ser querido se lleva consigo la posibilidad de revivir momentos más allá del recuerdo y las fotos. Esa persona se lleva consigo su olor particular, sus abrazos, sonrisas y el placer que daba escuchar su voz. Además de que el tiempo no se recupera, lo único seguro en la vida, es la muerte.
Nos oponemos a la idea, lloramos y nos llenamos de dolor y, finalmente, luego del duelo, solo nos toca aceptar que esa persona ya no estará en este plano físico y que su presencia solo pasará a ser un recuerdo.
Los antiguos griegos tenían la idea de que la eternidad se alcanzaba en el recuerdo de los demás. Creían que cada acción importante que cometías en vida, te acercaba un poco más a la eternidad. Para ellos, una muerte no era algo malo, siempre y cuando alguien te recordase por tus hazañas.
Los griegos vivían para alcanzar la excelencia en todo. Vivían para dejar una huella porque sabían que esa era la única forma de alcanzar la eternidad luego de la muerte. Nuestros seres amados viven eternamente mientras se les pueda recordar.
Mantén dicho recuerdo siempre y esa persona tan especial que se fue, siempre estará a tu lado.