La sociedad ha ido enamorándose cada vez más por aquello que solo sus ojos logran ver. Y no es algo novedosos. De hecho, Shakespeare fue uno de los primeros literarios en decir que el amor joven no está en el corazón, sino en los ojos.
Por alguna razón, las personas han ido dejando el sentimentalismo de lado y han ido mutando al concepto de enamorarse, como algo más superficial, usando de este modo, a la atracción sexual sobre la emocional para elegir una futura pareja. Pero esto tiene su explicación científica.
El enamoramiento se ha ido transformando en algo más superfluo porque el hombre ha ido dejando mostrar su parte más primitiva. El hombre, como especie, nace con la necesidad básica de alimentarse, dormir y reproducirse, como cualquier otro animal. Lo único que nos diferencia de los animales, es nuestra capacidad de elección e inteligencia.
Los animales siempre escogerán lo más beneficioso para su supervivencia, como, por ejemplo, al espécimen más apto físicamente para la reproducción. El hombre, en cambio, puede escoger elegir a una persona que, físicamente hablando, no es tan apta para sobrevivir, pero tiene algo dentro de sí que le hizo enamorarse. Eso supone una elección que deja de lado la parte primitiva y superpone a la inteligencia emocional, un aspecto propio del ser humano.
Es esa cualidad de elegir pensando en las emociones, lo que se ha ido perdiendo. El hombre le ha ido dando de forma inconsciente, protagonismo a la parte más primitiva de su ser, haciendo que cada día importe menos el corazón y más un cuerpo apto para la reproducción al momento de “enamorarse”.