Traición es una de las palabras más complicadas de digerir. Es tan imperdonable como intolerable, y no solo eso. El cerebro ha relacionado tanto esta palabra con un aspecto negativo de la vida, que el escucharla puede incluso resultar doloroso para algunas personas.En mayor o menor medida, una traición duele. Quien te traiciona ha jugado con la lealtad, confianza y fidelidad que has puesto en sus manos. Pero, ¿Cuántas veces puede fallarnos alguien que nos ha traicionado?
Alguien que no sufre escarmiento suficiente y hace consciencia de lo que hizo, tiene una altísima probabilidad de traicionar de nuevo. Sin embargo, perdonar un traidor es como jugar con la piedra con la que tropezaste, tentando a que esta te tire al suelo de nuevo.
Es de valientes perdonar una traición, pero es de osados dar una segunda oportunidad. El perdón se da pensando en uno mismo, en la liberación emocional que supone dejar atrás un acto de traición y poder seguir adelante solo o acompañado.
Pero dar segundas oportunidades es caminar con una soga al cuello que tú mismo pusiste ahí, tentando a que, si vuelves a caer, el culpable de que esa soga apreté tu cuello, serás tú y nadie más.
Un traidor puede fallar tantas veces como tú le des una oportunidad. Es un asunto más de fe que de razón. No juzgues a nadie que perdonó una traición, pero no esperes condolencia de nadie si has dado una segunda oportunidad y te han vuelto a traicionar.