Te amé con todo, sí, y a pesar de que no me querías no me arrepiento de haberte dado cada minuto de mi tiempo.

Y cómo no hacerlo si eras hermosa de la forma en que te presentases: arreglada para ir a una fiesta, despeinada y sin maquillaje al despertar. Toda una mujer arriesgada, con iniciativa, con ganas de comerse al mundo y no dejar ni un pedacito así sea para este humilde servidor.
A cada sonrisa indiscreta y cada mueca que me mataba de risa me iba enamorando más y más aún sin planearlo. Te quise vestida de manera casual, deportiva, elegante y hasta sin ropa. Te quise peligrosa y vulnerable entre mis brazos.
Te quise con todo aún en medio de tus más profundas tristezas, en esas en las que no querías ver a nadie, en que querías estar sola y encerrada. Te quise con todo mi cuerpo aun cuando en ocasiones ni volteabas a mirarme.
Te amé en medio de tus cambios hormonales, de tus gritos, de tus imperfecciones. Lo que sentía por ti me permitía ver más allá, justo donde yace la luz de tu hermosura, que va por encima de cualquiera de tus errores.
Te pensé muchísimo aún luego de que te fueras, y no dejé de quererte aun cuando me pediste que no lo hiciera más. Te quise más que a mí mismo y cuando te fuiste tuve que empezar de nuevo a amarme y allí descubrí que primero debía hacer eso que hice de último.

Es por eso que cuando al fin decidiste volver y aceptar mi amor ya no había nada para ti.