Perder algo o alguien con quien tenemos apego nos trae como consecuencia una sensación tan profunda de dolor que a veces no sabemos describir.
Esto pasa sobre todo cuando ocurre en relación con el ser amado, ese con quien pensabas pasar el resto de tu vida, con quien pensabas tener hijos y fundar una familia. Con quien pensabas compartir tus logros y aliviar tus tristezas.

Y si todavía puedes olerlo y escucharlo, sentir su presencia y tienes recuerdos vívidos con él, entonces estás padeciendo de algo llamado dolor fantasma.

Esto ocurre porque cuando perdemos algo que es muy importante para nosotros, nuestro cerebro tarda en reconocer la ausencia y por ende de alguna manera percibimos que no se ha ido.
Negamos que no esté y buscamos de manera inconsciente la forma de mantenerlo a nuestro lado a través de revivir su olor, sus palabras y todo aquello que se relacione con él. El problema de esta situación es que sufrimos muchísimo al pensar que nadie más será capaz de llenar ese vacío.
Pero como no hay mal que dure mil años, esto pasará. A medida que vayas asimilando la pérdida, terminarás aceptando que él ya no está y te dolerá cada vez menos. Deja que el tiempo con su sabiduría haga su trabajo, pero esto sólo será posible si te abres poco a poco a la solución.