He dedicado mucho tiempo de mi vida a arreglar todo aquello que rompo, pero no implica que debo asumir tu responsabilidad de hacer lo propio con tus cosas.
Un día empecé a recoger las piezas rotas con paciencia y dedicación, a pegarlas con amor y cariño, pero por más que pusiera todo mi esfuerzo las cosas no quedan iguales después que las estropeas.

Muchas veces me cuestioné si yo era la culpable de lo que estaba pasando y no encontraba respuesta. Tal vez no le estaba poniendo el suficiente empreño, tal vez mi amor no era tan grande como yo pensaba y tú necesitabas más, entre otras cosas.
Cuando llegaste a mi vida te consolé, te di calor, te escuché y te alenté a seguir adelante, pues venías de una ruptura amorosa y sé lo que es pasar por eso. Me puse en tus zapatos y casi siento por completo tu padecimiento, pero no quisiste avanzar y yo no soy quien para arreglar a quienes no quieren.
El amor es una fuente infinita de curación, pero es inservible ante la voluntad de quien no quiere ser curado. Tal vez me tildes de aburrida, de inconstante, de poco insistente pero es que no fue mi culpa que esto se rompiera.

Y no me vengas con la excusa de que el amor es incondicional porque si hablamos de eso estando contigo yo condicionaba el amor que siento por mí. No es fácil saber en qué momento decir adiós cuando ya no hay más por hacer, pero con el tiempo se experimenta un bienestar que no se compara con nada.
Y es cuando uno entiende que hay ocasiones en que debemos poner límites, decir NO a esa persona que nos hace daño aún de manera inconsciente. Es así que en ocasiones es necesario cansarse y dejar espacio abierto para el que otro repare sus errores.