Desde aquel día no has podido conciliar de nuevo el sueño como debes. Te acuestas llorando y despiertas con los párpados hinchados, así como con un fuerte dolor de cabeza y el pecho más oprimido que ayer.

Llevas tanto tiempo llorando que ya casi no te quedan lágrimas, que tu almohada se moja casi por completo y es algo que no te importa demasiado. No dejas de ver el teléfono celular a ver si algún día, de milagro, recibes un mensaje que muy en el fondo sabes que no llegará.
El dolor es tan intenso que rememoras esos momentos de tu niñez en que tenías rabietas porque no se te daba lo que querías, y ahora lloras por una razón parecida pues ese a quien quieres está con alguien más, y se le ve muy sonriente.
Cuando viste esa sonrisa por primera vez sentiste cómo te atravesaba el pecho como un puñal, que a medida que vas haciendo el esfuerzo por salir de ello se hunde más y más. Quieres sacártelo de allí pero temes a sentir más dolor.
Y aunque parezca alocado, mientras más dejes de luchar más rápido sanarás. Sé que a nadie le gusta sufrir pero huir del sufrimiento o enfrentarlo duramente sin tener las herramientas necesarias lo que hace es empeorar las cosas.

Poco a poco irás soltando aquello dañino a lo que te encontrabas aferrada y te afectará menos el hecho de que seguir llorando no vale la pena, y más si él es feliz con esa nueva persona.