Con cada “quédate”, dejé un trozo de dignidad en el suelo.
Con cada “perdóname”, arrojé al vacío el cariño que me tengo.
Con cada “vuelve”, me di cuenta de que perdía el valor que tenía.

Y es que, las consecuencias de suplicar amor y atención, van más allá de quedar mal a los ojos ajenos. El desgaste moral que se produce por ello, es incomparable. Básicamente, estás echando a los pies del otro, tu dignidad, y dejas a su merced, tu valor como persona.
Las súplicas, sean del carácter que sean, no tienen soporte válido. Nadie es lo suficientemente importante para merecer tus súplicas. Aprende a dar tu ausencia a quien te exige ponerte de rodillas, porque quien te ama de verdad, valora tu tiempo como lo más preciado que tienes para darle, recuerda que eso, sobre todas las cosas, es lo único que no recuperas.
Si no valoras tu tiempo y lo gastas aferrándote a un “NO”, perderás la oportunidad de ver hacia delante y aceptar a un posible “SÍ”. Muchas veces, dejamos pasar estas grandes y únicas oportunidades por poner nuestros ojos en el pasado que no brinda nada más que sufrimiento.
La mayor consecuencia de suplicar por amor, es perder el propio.