Duele dar besos en labios con sabor a indiferencia.
Duele despertar en camas separadas.
Duele dar un “buenos días” sin haber recibido tus “buenas noches”.
Duele amarlo tanto, incluso cuando ya no existes para él.

Y es que uno se aferra a lo que le hace daño cuando no consigues dentro de ti, luz que de vida a tus día a día.
Nos acostumbramos aquellos amores fugaces que queremos que duren por siempre.
Nos enamoramos de la indiferencia, porque no comprendemos cómo funcionan estas cosas del amor, a pesar de que hayamos tropezado 50 veces con cupido.
Y siempre nos decimos, “Esta será la última vez”.

Pero siempre hay una nueva oportunidad, una nueva puerta, un nuevo misterio por descubrir que llama nuestra atención.
El problema es que los misterios, no siempre quieren ser descubiertos.
Entregamos el corazón a ciegas, solo porque sentimos un profundo amor sin preguntarnos, ¿Qué vamos a recibir a cambio?
No se trata de amar con condiciones, sino de amar inteligentemente.
Porque duele mucho amar a la indiferencia.
Duele mucho amar a quien solo te responde con silencios.
Duele mucho amar a quien no te ama.
En definitiva, Duele no recibir la misma importancia que das.