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Si no crees en el amor, esto puede hacerte cambiar de opinión.

Posted on November 22, 2018 by admin

No eran más de las 9  y aunque acostumbraba a costarme  tarde, cuando él me menciono  ir a su departamento a beber  una copa, en menos de medio segundo y casi de manera  automática  me inventé muchas  actividades para el día siguiente, comenzando  por el ya típico; ¨lo lamento mañana debo madrugar porque…”; ignoraba todas sus  llamadas y cuando observaba  los  mensajes suyos me invadían los nervios y prefería no seguirlos viendo. Ciertamente me resultaba algo  atractivo, simpático y con buenos modales, todo lo que quería  en un hombre. Y aunque tenía las  ganas de volver a amar, tampoco me sentía lista  para una nueva decepción.

Cuando pensaba acerca de  mi vida al lado del sujeto que amaba, estaba bien soñar y creer en un ‘por siempre’, luego todo se desplomaría  y pensaba “he sido una tonta  al creer en cuentos de hadas”.

Y así, por un individuo que no me valoró o que sencillamente  no sentía lo mismo que sentía  yo, era muy fácil  justificar el no permitirme volver a soñar, o pensar  que un ‘para siempre’ era muy  posible. Había oído  al vecino mencionar  que su esposa lo había abandonado  por un amigo, mi amiga le era  infiel a su novio y mis padres se separaron  hace tiempo  y aún apenas se dirigían la palabra; un compañero del trabajo había sorprendido a su esposa enviando fotos desnudas  a su mejor amigo.

Ninguna pareja era la ideal, aunque todos teníamos un prototipo en la cabeza de la relación perfecta; en la que se entablaba  un gran  respeto, amor y paz en toda su  totalidad. En esa utopía cualquier desacuerdo era indeseable, los celos eran de inmadurez  o inseguridad de la persona; éramos gurúes del amor con la total autoridad de borrar  a las parejas que nos rodeaban como idiotas, codependientes, enfermos mentales, entre otras… Pero ¡sorpresa! Toda esa madurez se estaría yendo  por el caño cuando teníamos una relación.

Qué tal si comenzamos  por mandar por un tubo todas esas críticas  o sugerencias  no solicitadas y aceptar  de una vez que sufrir me causa regocijo; que es la miel más dulce la decepción, no el compromiso verdadero, la entrega y la fe ciega. Y si bien este gozo  era pasajero, nutria  mi necesidad de hacer de la vida un verdadero  drama.

Ya había  pasado una semana y el chico no dejaba de marcar a mi teléfono, quizás le resultaba excitante creer que “me hacía la difícil” o que era alguna técnica  para despertar  su interés. Me cuestionaba  si sería una persona como yo, siempre tras lo imposible; benditos amores platónicos, o como a mí me gustaba  nombrarlo ‘guarida de los cobardes’.

Decidí  por contestarle  y quedamos por  ir al cine; no vi la película, jugué un poco  con su mente, mirándolo  de reojo y haciéndome la disimulada cuando este volteaba a verme. A los miedoso  como yo, nos iba a la perfección la tontería, sí, aún a los 30 años de edad. Así pasó toda la película, entre jugueteos y seducción  ligera, hasta que hizo el intento de darme un  beso  pero lo evadí.

Saliendo del cine, pasamos por un bar a beber  un par de tragos, entre carcajadas  y charlas; hasta que nos alcanzó un silencio que se volvió  rápidamente en una cadena  de besos muy apasionados. Así terminamos   en su casa, yo con los zapatos en la mano y él con la corbata hecha un lio  y la camisa desabotonada; fue un gran logro abrir la puerta y nos fundimos en el mueble  más cercano con la pasión y el deseo que solo puede invadir a dos personas desconocidas, cobardes solitarios.

A primera hora de la mañana, me levante  sintiéndome completamente satisfecha pero totalmente  incómoda, silenciosamente  tomé mis cosas, me vestí lo más rápido  y pedí un taxi. A bordo del coche  bloquee su número de teléfono, por suerte nunca supo dónde vivía, dónde trabajo o información  que pudieran ayudarle a encontrarme de nuevo; logré huir intacta, puse un final imprevisto a la historia que pudimos construir unidos  y se siente bien.

Desayuné en casa, sola  y hurgando el timeline de Facebook; veía  toda clase de publicaciones, comida, quejas del clima, críticas  políticas y sociales. También estaba la imagen  del compañero de trabajo con su familia maravillosa, aquel con la capacidad de perdonar cualquier traición  con tal de mantener una familia contenta; luego  mi primo con su esposa, aunque está muy enamorado de su mejor amiga. Y quizás yo continuaría  en una gran  soltería, dónde es mejor estar sola antes de dejar  que algo o alguien comprometan mi libertad.

Los cuentos de hadas no son  reales, tampoco había un príncipe azul  soñando conmigo o tratando de hallarme; ni yo estaba dispuesta a dejar mi estabilidad sentimental  en manos de una persona  que, como yo, no tenía ninguna idea  de cómo manejar o llevar  su vida. No quería dos almohadas en mi cama o que la pasta de dientes estuviera totalmente retorcida, que la tapa del retrete quedara arriba o encontrarme con vellos en el jabón.

 

 

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