Quieres sumergirte en la mente de alguien, pero te percatas de que es un simple charco. No hay profundidad, no hay vida y no hay material interesante que ver. Esto hace que cualquier cuerpo o cara, por hermoso que sea, aburra.
Y no sé usted, pero a mí sí me atrae una buena mente, una buena conversación, algo que te haga pensar. Para mí, eso sí resulta excitante y conmovedor al mismo tiempo. Pero venga, no estoy aquí para juzgar a nadie. A veces, algunos gustos simplemente son más complejos que otros. A veces, las personas nos fijamos en aquello que sí perdura en el tiempo. A veces, sí nos fijamos en lo que hay dentro de cada ser.
Pero en un mundo tan superfluo y banal como el de ahora, eso es pedir demasiado, y justo por eso, es que es tan difícil amar, y tan fácil enamorarse. Porque sí, uno puede enamorarse de una cara y un cuerpo, de unos pechos y unas nalgas, de un abdomen y unos brazos. Pero ¿Eres capaz de amar a algo que con el tiempo se seca, arruga y cae?

Yo creo que no, no hay manera en que la decisión de amar, se dirija exclusivamente a la piel, a la carne y los huesos. Uno decide amar defectos, virtudes y anhelos por el futuro y acciones. Uno decide amar una mente profunda en la cual puedas nadar y parezca que ni siquiera tiene fondo. Uno decide amar aquello que tiene un verdadero valor trascendental, aquello que está a la altura de cada uno… Porque aceptamos el amor que creemos merecer.
Así que, si tú crees que merece algo que no perdure en el tiempo, pues mucha suerte, yo prefiero que mi amor esté atado a cosas que van más allá del proceso natural de la muerte y no tengan fecha de caducidad.