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El problema del consumismo es que lleva en sí mismo una promesa mentirosa: si compras los objetos que deseas, te sentirás feliz. Esa promesa se sustenta en una idea que se viene promoviendo después de la Segunda Guerra Mundial y que, definitivamente, se ha instalado en las bases de nuestra sociedad: la felicidad está estrechamente relacionada con la capacidad de consumo, o sea, con el dinero que tengas disponible para comprar.

En ese orden de ideas, la felicidad es un resultado de la compra; si tienes un televisor más poderoso, serás más dichoso; o, si tu ropa es costosa, te sentirás más valioso. Y si compras el último automóvil, serás más respetable. Lo peor de todo es que esto termina siendo cierto, al menos en apariencia. Lo hace no porque sea cierto en sí mismo, sino porque quienes le dan validez a esas ideas hacen que se vuelvan verdad.

“Era ese tipo de persona que se pasa su vida haciendo cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita y comprar cosas que no quiere para impresionar a gente que odia”

Dicho de otro modo, si crees que un traje te otorga más dignidad, te vas a sentir con menos dignidad cuando lleves ropa sencilla. Si sientes que el televisor más novedoso incrementa tus posibilidades de recrearte, sufrirás hasta que no lo tengas en la salón de tu casa, y así sucesivamente.

De cualquier modo, te das cuenta de que esa forma de pensar es falsa cuando ha pasado un mes desde que adquiriste eso que pensabas que era tan imprescindible y sigues sintiéndote aburrido, infeliz o indigno. Entonces vuelve a comenzar el ciclo.

La verdad es que los objetos de consumo nos liberan de un gran problema: otorgarle un sentido a nuestra vida. Nos ayudan a volver los ojos hacia afuera, en lugar de explorar dentro de nosotros mismos. Es más fácil pensar en cómo comprar un reloj, que definir si los actos que realizamos tienen valor y sentido dentro del mundo.

Las compras y la exclusión

La sociedad actual, efectivamente, trata de manera diferente a quien viste ropa de marca o llega en un automóvil lujoso. Es usual que, sin mediar palabra y sin saber de qué clase de persona se trata, inmediatamente se le trate con consideraciones especiales o, al menos, con mayor esmero. Muchos suponen que hay que congraciarse con quienes tienen dinero y, a la vez, el dinero se ha convertido en una garantía de respeto.

compras

Lo mismo ocurre en sentido inverso. A quien tiene una apariencia sencilla se le ignora con mayor facilidad. Puede que incluso le impidan el acceso a ciertos lugares o sea objeto de bromas pesadas o de comentarios en voz baja. Todo el mundo quiere ser tratado con consideración, así que es fácil caer en la trampa de pensar que para lograrlo es suficiente -y al mismo tiempo impresindible- con salir de compras y cambiar de ropa.

Lo tramposo de ese mecanismo es que resulta demasiado deleznable. Si te quitas la ropa cara vas a sentirte humillado de nuevo; si te la pones, recuperas tu valor. El respeto por uno mismo se convierte en un disfraz y depende enteramente de los demás. Cuando aceptas jugar en esos términos, aceptas entrar en una lógica de autodesprecio. Admites que no tienes valor por ti mismo. Eso es lo peligroso.

La felicidad y los abrazos

Uno de los aspectos más preocupantes de las compras compulsivas es que siguen un esquema similar al de cualquier adicción. Además, probablemente proporcionan un bienestar similar al que obtiene cualquier adicto cuando consume la sustancia a la que está enganchado. Proporciona un nivel de dicha que cada vez es menor y que cada vez demanda más compras para aparecer.

pareja

Las compras constantes son propias de personas que se sienten infelices y que experimentan un vacío interior que no encuentra alivio. Las compras operan como un antídoto temporal para esa sensación de ser insignificante.

En cualquier caso, la felicidad no está allí. Diversos estudios prueban que las situaciones que proporcionan verdadera dicha tienen que ver más con experiencias y menos con objetos. Una experiencia remueve tu mundo interior y te hace sentir vivo. Las compras, en cambio, aunque también son una experiencia, te proporcionan un entusiasmo superficial y pasajero.

Casi nunca recuerdas el momento en que compraste algo, en cambio se queda en tu memoria y en tu corazón el recuerdo de un beso de amor, de una situación graciosa, o del día en que te felicitaron por hacer bien una labor.

Lo que más proporciona dicha es el sentirse íntimamente vinculado con el mundo y con las demás personas. Esto se logra participando en comunidad, siendo un miembro activo de la pareja y de la familia, compartiendo tiempo con los amigos, interesándote por el mundo en el que vives. En otras palabras, la felicidad es una consecuencia de abrazar al mundo y a la vida.
Fuente: La mente es maravillosa